I have enough pain and anger in my brain to last a lifetime.

Puntos de colores destellaban frente a sus ojos, era como si danzaran al ritmo de un ballet improvisado. Pudo ver motas abstractas tornarse en bellos arcoíris con una música imaginaria. Era hermoso. O al menos lo fue por exactamente tres segundos antes de que un mundo de dolor estallase en su cerebro, fundiendo poco a poco toda la belleza hasta hacer de ella solo un recuerdo. Con el dorso de la mano, frotó sus párpados, la confusión haciendo mella en él y una mueca de desagrado dibujada en los labios. Sentía como si un vehículo pesado hubiese pasado medio millón de veces por encima de su cuerpo, solo para probar su resistencia.

Se había roto el brazo derecho una vez cuando era pequeño y alguien lo desafió a trepar el árbol más alto de su jardín, pero ni siquiera ese dolor punzante e hirviente se comparaba con el que sentía. Era como si le hubieran dado una paliza.

Un segundo o dos después de que ese pensamiento cruzara por su cabeza, lo recordó todo de golpe. Le habían dado una paliza. La peor de todas. Aún podía ver los rostros de sus agresores siendo desdibujados por las sombras pero luciendo sonrisas diabólicas como mueca permanente.

Entonces, dio un pequeño salto y su cuerpo entero rebotó por el asiento del auto. ¿En qué momento se había subido a un auto? Con los dedos recorrió el borde del asiento, sintiendo un material áspero y rugoso. En definitiva ese no era su auto. Sus asientos estaban tapizados con la piel más suave del mercado.

Reticentemente abrió un ojo, adaptándose al cambio de escenario que sucedía frente a él. Era alguna hora de la madrugada, podía decirlo por la falta de luz y se encontraba en movimiento por una carretera solitaria –Demonios –Murmuró entre dientes. Su primer pensamiento, fue que sus agresores lo habían secuestrado. Que se cobrarían en golpes todo el dinero que les debía, no obstante, un recuerdo vago se filtró en su cabeza. Alguien había intervenido a su favor, alguien lo había rescatado antes de que las luces del mundo se apagaran para él.

Con movimientos pausados, giró el cuello sobre su hombro quejándose casi en silencio por el dolor y observó quien estaba tras el volante del auto. No sabía que estaba esperando, pero en definitiva no una chica bonita y rubia. Las sombras de la noche le cubrían el rostro, justo como a sus agresores, pero las luces del auto le permitían ver con más definición los pómulos, o la curvatura de su quijada -¿Dónde estoy? –cuestionó, pasándose la lengua por los labios resecos. El sabor metálico de la sangre fresca no pasó desapercibido para Kevin. Eso era perfecto, se encontraba en un auto, con una desconocida y seguía sangrando. Los paparazzi iban a hacer una fiesta con su desgracia.

Le dedicó una segunda mirada, esta vez ligeramente más intrusiva, sintiendo que la había visto en algún lugar antes de ser atacado, pero simplemente no podía recordarlo. ¿Quién era esa extraña?

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